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Guillermo Rivera Santos, Cónsul de México en Tucson, ha sido acusado de acoso laboral y de comportamiento inadecuado como no quitarle la mirada sobre los senos a su asistente, pedirle que le cosiera un botón en la bragueta del pantalón que vestía, someterla a un incomodo interrogatorio sobre su vida personal y vigilarla por las cámaras de seguridad del Consulado. Más tardó Rivera en llegar (fue nombrado en septiembre) que las quejas del personal del Consulado en multiplicarse. “No habla inglés. Tampoco español, dice ‘haiga, pos y andabanos’. ‘Soy el nuevo Cónsul, bienvenidos y aquí estoy para lo que HAIGA’. Siempre viéndonos los senos y las piernas. Es malhablado. Un vulgar. Sus palabras favoritas son: ‘chinguen a su madre, pendejos, me la pelan’. Maneja sin licencia de conducir autos con placas diplomáticas. Este señor desmoronó el Consulado en dos meses”, me dijo un empleado que pidió no ser identificado por temor a recibir represalias.
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El Cónsul de la “mirada lasciva”